Tras las cámaras, en el luminoso pero frío pasillo de los extras cinematográficos
donde todos somos uno y uno, todos...
-como un D'Artagnan con alzheimer-
nos pasamos la vida esperando la llamada del director de orquesta,
para pasearnos por el plató como lechuzas sin rostro
o el perro sin rostro,
corriendo tras el hueso de plástico con “sabor a carne verdadera”
que nos permite vislumbrar de refilón
por cuatro pesos
desde nuestra incómoda pero verdadera posición
del ayudante del ayudante del ayudante del protagonista
el paraíso del éxito y la fama
y seguir soñando
aquí abajo
en la caverna
en el pasillo
con nuestros 5 minutos
esos que no existen
esos que siempre le tocan a otro
esos que todos los lunes nos repite nuestro jefe
serán nuestra salvación
(nuestra recompensa)
por haber representado nuestro papel sin chistar
e ir al sacrificio,
con una sonrisa eterna
en los labios.
viernes, 13 de marzo de 2009
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Homenajes Inconscientes a L. A. Brown
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martes, 24 de febrero de 2009
La agridulce tragicomedia
de la vida on line,
evidencia incólume
de nuestra complicidad con lo humano,
(que no con los humanos)
con un apagón eléctrico
de golpe se terminó.
Y me encuentro ahora, sola
viendo mi pantalla obscura
y espero
porque sé que éste él mundo virtual pronto regresará
pues el mundo real, sin el virtual, colapsaría,
sí,
colapsaría
Y eso no es productivo ni al capital
ni al deseo,
y por eso
bueno,
por eso espero...
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lunes, 19 de enero de 2009
Soñé que dormía en un edificio de noventa y siete pisos, ni uno más, ni uno menos, noventa y siete. Revoltosamente, las copas de los árboles abrigaban las ventanas de tan cerca que no podía dejar de parpadear al oír el impacto del griterío de las hojas sobre el vidrio.
En el sueño, miraba hacia abajo sin toparme con la tierra. Pero lo que es más importante: miraba por la ventana creyendo saberlo todo, creyendo que no había en realidad 97 pisos y que tranquilamente podía dar media vuelta, abrir la puerta, caminar 34 pasos y cruzar del otro lado de la ventana para ver una luz inquieta y mi cama, mi colchón esperando ansiosamente que vuelva a despejarme del todo “semi dios” que me acompaña, incalculable. Ahora pienso que, éste sueño puede ser un trauma de una ex-porteña.
Creyendo que todo sabía, confiaba que del otro lado de la ventana no existía el abismo que separa mi cuarto del mundo conocido-cercano, de los autos, los colectivos, el adoquín, las personas que transitan de noche y la luz alta de los semáforos.
¿Por qué? Porque creía que si me acercaba a la ventana solo estaría la puerta de salida a un costado y mi jardín riendo a carcajadas. En eso confío y en eso me sostengo para creer en todo, para no rendirme ante el torbellino de ideas sobre noventa y seis pisos que posiblemente existan.
Mi jardín reía a carcajadas entonces, (nuevamente)... y se inclinaba hacia la derecha y hacia la izquierda una y otra vez contra el viento... (pero es el mismo viento el que encuentra el momento preciso para anunciar lo que en cierta forma yo ya sabia): “otra vez te embromamos”, “con tan solo un grito, un paso contra la ventana, un golpe contra el vidrio desde los árboles, y ¡Plum! ¡Creés sabértelas todas! toda cuanta conjetura creías posible aparece como real.
Crees tener la capacidad de inventar el edificio y la resistencia misma, o la necesidad de poder imaginar un intruso merodeando por tu parque sin permiso previo, claro”. Aún sueño que bajo mi ventanal me separan del asfalto noventa y seis pisos. ¡Sueño lo que trato de decirme a mi misma que no es posible! ¡que la realidad no lo contempla! El peso de la vigilia no es agotador, es más bien una elección poco elocuente, que le permite a muchos de nosotros no sentirse el ombligo del mundo por tres horas seguidas: tiempo que aproximadamente tardo cada noche en dormirme, y es a su vez la misma cantidad de tiempo que tardo en cederle la paranoia a algún otro sujeto desconocido que efectivamente no quiera dormirse; don y contra-don.
Si pudiera descreerme de las burlas que los árboles me hacen y de mis propias especulaciones imaginativas, entonces sé que seguiría igualmente creyendo que bajo todo este verdor obscuro de medianoche hay un edificio enorme esperando que yo me sienta su mentora oficial de madrugada.
¿dejar de ser el ombligo del mundo dije? Si! Darle rienda suelta a esa duda medio incoherente con lo que cuasi-oficialmente se sabe que, o se dice que, existe...
Quitarle por tres horas todo peso a las decisiones que creo estar tomando y permitirme darle trascendencia a ese otro viejo y desconocido adulador, imaginado y deseado ensueño... En sueño que, principalmente, es el producto del tiempo que me separa del “que descanses” y el descanso en sí mismo.
Es, digamos, la creencia en que todo es posible, en que puedo inventar el mecanismo para que pensar demasiado las cosas resulte interesante o al menos gracioso... no ya tan inútil como cuando creemos que esas decisiones que debemos tomar hay que reflexionarlas menos. En este momento ocurre todo lo contrario. Puesto que si encuentro un “para qué” entonces pensar mucho las cosas quizás resulte atractivo, y no ya un peso que solo te quitaría de encima “el actuar”. Lo perturbánte se modelaría de tal manera, que invariablemente se inclinaría hacia la verosimilitud. Entonces, nace la posibilidad de aceptar las ideas que corren bajo el manto de la vigilia, cosa poco permitida durante el resto del día, en el que convivimos con los otros y con todos los que somos nosotros.
“Quiero hacer, monstruos imposibles”, de fondo suena el ultra hit de Ray Bradbury calmando los ánimos botánicos del otro lado de la ventana.
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viernes, 16 de enero de 2009
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lunes, 12 de enero de 2009
Sí, disculpame,
¿qué me decías sobre la religión?
Que
bajo ese,
-digamos- invento divino,
se esconde
él rostro
del odio
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miércoles, 7 de enero de 2009
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martes, 6 de enero de 2009
No quiero
digamos,
saturar desde el inicio mi estadía aquí,
con una excesiva intromisión (?)
así que solo un par de palabras.A propósito de la primera bitácora espacial, un don
nadie dijo:
El cúmulo de tierra y la enredadera de pensamientos en la que nos vemos, a su vez, expuestos para recibir el juicio del otro no es más que el cómo de un qué, de cualquier modo ya inventado, ya repetible, ya mencionado.
Es decir, necesitamos la historia para la vida y la acción, pero somos experimentos de otra persona, no necesitamos de la historia para apartarnos cómodamente de la vida y la acción, y menos para encubrir la vida egoísta, la acción vil y cobarde. Tan solo en cuanto la historia está al servicio de la vida queremos servir a la historia. Pero hay una forma de hacer historia y valorarla en que la vida se atrofia y degenera (cuando, luego de analizar esa historia, nos damos cuenta que el hombre puede estar equivocado) : fenómeno que, según los singulares síntomas de nuestro tiempo (según los charlatanes y los mentirosos esto seria un juicio de valor), es preciso plantear, por más que ello sea doloroso.
Somos el débil proceso de lo ya vivido, y no es justamente por ello por lo que pediría mi absolución. Agradezco a todos aquellos que, moderadamente o no, hicieron de aquel experimento social la grandeza de un dios misericordioso que nada sabe sobre el horror y la miseria a la que nos expone. Solo por eso perdono cualquier tipo de advertencia, de crítica o de pena, pues ya lo han dicho: nada hay más cierto que sentir.
Quizás sea que hoy alguien hable desde la soledad (vamos, que no es tan tan dolorosa ¿o sí?) desde la cordialidad, desde la pureza y la sensatez. Por lo pronto, hoy yo hablo desde mi más recóndito cuestionamiento, y voy hacia el alma que decida sangrar antes de tiempo...
no tiene que darnos vergüenza, ni pudor -bajo ningún aspecto- querer cambiarlo todo,
todo el tiempo...
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me llamo Lucila
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